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Liberprogres y etiquetas inútiles

Opinión 23 de junio de 2020 Antonio Moreno Antonio Moreno
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Sin querer entrar en una suerte de consideraciones que no nos competen para el presente escrito, nos gustaría aclarar que el término “liberal”, tal y como se entiende en Estados Unidos e Hispanoamérica, siempre se escora hacia la izquierda y va más allá de un mero término económico, comportando una suerte de políticas (adobadas por una forma de ser) que son siempre funcionales a los que gustan de la hoz y el martillo y no precisamente para labores agrícolas o fabriles. A día de hoy, arden las calles de Estados Unidos como hace poco ardían en Chile. Los resultados de esas políticas los vemos especialmente en Cuba y Venezuela, estando ya presa España. Nos han tocado unos tiempos duros, convulsos y confusos. Los enemigos de nuestra libertad y de nuestra cultura están a las puertas y cuando necesitamos unidad, estrategia y decisión para presentar la batalla ideológica, cultural y hasta social; sin embargo, se nos vienen algunas contaminaciones de dudosa intención que lejos de ayudar frente a los distintos conglomerados neomarxistas/globalistas, suponen pesadas piedras en nuestros respectivos zapatos.

Dentro de las modas y esnobismos que aluden a nuevas etiquetas políticas, suena el término “libertario”, que antaño asociábamos al anarquismo y ahora dice aparecer como “liberalismo puro” frente a contaminaciones “conservadoras”. Las etiquetas dejaron de servir hace tiempo; por ello, no es fiable ante la realidad del contexto aquel que se presenta con etiquetas. 

Cabe recordar, además, que el liberalismo nunca ha producido gran cosa en España. Durante todo el siglo XIX, bien queriendo imitar a franceses o británicos, el gran beneficiado de esta causa fue especialmente el último, quien dominó la economía española y hasta la política como un tablero de ajedrez. No podía ser de otra manera: El liberalismo, por encima de conceptos filosóficos, políticos o económicos, tiene una antropología británica evidente. Querer imitar eso es travestirnos, y así salió el siglo XIX y buena parte del XX. 

Quien a estas alturas se reivindica “puro”, habida cuenta de la experiencia histórica, ni es serio ni trae nada bueno; máxime ante la coyuntura que padecemos.

Y es que el “libertario”, o más bien, el liberprogre, se dice antiestatalista pero defiende el aborto estatal; se dice ultraindividualista pero aprueba la colectivización de los homosexuales en el “orgullo gay”; dice defender la civilización occidental pero repite como un papagayo la Leyenda Negra hispanófoba, siendo que sin la Monarquía Hispánica no se entendería la incorporación del continente americano a dicha civilización. Si además auscultamos en muchos de estos liberprogres para con su falta de respeto a la religión, que siempre va acompañada de una falta flagrante de conocimientos teológicos y filosóficos, así como de una pseudotransgresión de hippies ya más que desfasados, estamos ante gente que es de izquierda, pero por lo que quiera que sea, no se atreve a decirlo y se inventan nombrecitos que no se creen ni ellos.

Y es que mientras más pasa el tiempo y más se apodera el Foro de Sao Paulo de España, más me convenzo de que hemos perdido un tiempo precioso en debatir o refutar a quien en verdad hay que desenmascarar (como debe hacerse con el estafador, y más con el estafador ideológico), y es gente intelectualmente muy endeble para contaminar tanto.

Tenemos que tener la cabeza muy bien amueblada y mucha energía para luchar contra lo que tenemos encima. Necesitamos unidad, precisión y concreción. Nos sobra quien no quiera aportar y quien divida con discursitos estériles que no van a ningún lado. Basta ya de ser funcional a la izquierda. 

 

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