Verdades Incómodas Verdades Incómodas

El Libro de la Orden de Caballería, un tratado político del siglo XIII.

Érase una vez... 06 de junio de 2020 José Vicente Pascual
ramon-llull-1235-1316-escritor-y-filosofo-espanol-libro-del-orden-de-caballeria-manuscrito-del-siglo-xv-titulo-de-cubierta-p4xmy6

Hay una tendencia generalizada, tanto en la historiografía literaria como en los estudios críticos, que sitúa el Libro de la Orden de Caballería de Ramón Llull (1281) en el plano de consideración estrictamente propio de una obra de narrativa, breve compendio entre el discurso moral y la apología del oficio caballeresco, del cual se afirma en repetidas ocasiones, a lo largo de dicha obra, ser sólo igualado en honor e importancia por el clericato. Cierto es, y se refleja en una somera aproximación a la historia de la literatura medieval española, que Ramón Llull y esta obra en concreto influyeron notablemente en narraciones posteriores que sí eran, sensu estricto, novelas o tratados sobre los hechos de la caballería. Como ejemplos más relevantes de esta influencia —ideológica y estética—, puede citarse Tirant lo Blanc de Joanot Martorell (1490), o Los Cuatro Libros del Virtuoso Caballero Amadís de Gaula (1508), de autoría incierta, más bien multitudinaria. La primera de estas novelas es “salvada de la quema” en el Quijote de Cervantes, por ser “el mejor libro del mundo”. La segunda influyó notablemente en las interminables y farragosas sagas caballerescas noveladas de los siglos XV y XVI; y ambas tienen débito directo con el desarrollo del ideal caballeresco que Llull sistematiza en su Libro de la Orden de Caballería. Autores contemporáneos como Álvaro Cunqueiro y Joan Perucho han recurrido con deliciosa agudeza al mismo concepto de “libro de caballerías” para apuntalar el argumento y desarrollo algunas de sus obras capitales, hoy referentes ejemplares de la literatura española —en lengua gallega Cunqueiro, en catalán Perucho—, y de la narrativa que hunde su raíz en la tradición histórica, la fuerza del mito y la fecundidad de la imaginación como motor elemental, necesario, a toda fábula literaria. En definitiva, el luliano Libro de la Orden de Caballería ha conservado, durante el transcurso de los siglos, su carisma como obra relevante, decisiva en ocasiones, para el impulso y posterior florecimiento de la literatura entendida como ficción heroica, fantasía épica o imaginario fantástico de lo cotidiano.

Empero lo anterior, considero que es posible —más que posible, necesario—, redefinir el sentido, significado y alcance de este libro, por cuanto, desde mi punto de vista, compendia el ideario bajo el que deberían normativizarse —en realidad unificarse, según criterio muchas veces expresado por el propio Llull—, las órdenes militares-religiosas de su época, con objeto de organizar una nueva cruzada que reconquistase Jerusalén, sitiada y tomada por Saladino un siglo antes, así como proteger los exiguos restos del Reino de Jerusalén, sobre todo San Juan de Acre, ciudad que caería ante los mamelucos en 1291.

Llama la atención en el Libro de la Orden de Caballería la continua utilización del método lógico de razonamiento —por concordancia, diferencia y oposición—, para señalar y refutar los defectos que pueden producirse en el seno de la caballería, haciendo más hincapié en la descripción y advertencia contra estos vicios que en la exposición del ideal caballeresco, sus principios y virtudes. Hay una fijación casi obsesiva de Llull por detectar y mostrar cuantos errores y desviaciones de conducta pueden frustrar el ideal caballeresco. Naturalmente, Ramón Llull sabía de lo que hablaba. Testigo directo de la corrupción de las órdenes de caballería —templarios, teutónicos, hospitalarios—, y miembro activo del concilio de Vienne, donde se condena definitivamente a los templarios, Ramón Llull nunca abandonó su convencimiento de que era necesario, imperioso, reconciliar a todas las órdenes de caballería, incluidas las hispánicas peninsulares, para convertirlas en eje fundamental, tanto militar como moral, de una nueva cruzada. Nunca abandonó su proyecto Rex Bellator, sobre el que escribió numerosas memorias enviadas al papado y los reyes europeos: unificar las órdenes religiosas y reconquistar Tierra Santa por medio de una acción tan aparatosa como imposible, la cual contemplaba la conquista del Mediterráneo empezando por Almería, y de allí a Egipto y de Egipto a Jerusalén. Para conseguir que la formulación y exposición de su proyecto tuviese una mínima consistencia y lograse la anuencia necesaria entre los monarcas europeos y demás fuerzas activas de la época, era objetivo prioritario para Llull “reformar” la actividad caballeresca, dotarla de un cuerpo teórico sólido, nutrirla de firmes principios claramente detallados… En la forma y en el fondo, el Libro de la Orden de Caballería es un tratado político como lo serían mucho después El Príncipe de Maquiavelo (1513) o El Arte de la Prudencia de Gracián (1647), cada cual ajustado a su época, los esenciales epistemológicos y los elementos ideales contenidos en la realidad de dichas etapas.

ramon-llull

Naturalmente, el afán de Ramón Llull por alcanzar una cristiandad unida, socorriendo a los Santos Lugares, no tiene nada que ver con un anhelo imperial, agresivo, del beato, sino que fue una consecuencia lógica de su arraigado convencimiento católico, es decir, universalista, de la fe de Cristo. Consecuente hasta el último día de su vida con esta tenaz certidumbre, y en lógica correspondencia con su inmenso espíritu humanístico, Ramón Llull se formó a sí mismo como uno de los sabios más deslumbrantes de su época, y con una sola intención: la conversión de la humanidad al cristianismo como religión redentora de todas las criaturas, según el mensaje evangélico. Con este propósito, se esmeró en el aprendizaje del latín y el árabe, lenguas que hablaba a la perfección y en las que predicaba a las puertas de las mezquitas y las sinagogas, en lugares del norte de África donde su seguridad no estaba ni mucho menos garantizada. De hecho, se conjetura sobre una versión de su muerte (1315… ¿16?) bastante verosímil: atacado por una turba de musulmanes enfurecidos por su predicación, lo que habría sucedido en Bugia, ciudad argelina donde ya había padecido prisión y algunos castigos que incluyeron severos golpes. En ese tiempo, Llull contaba ya los 82-83 años de edad. La versión principal sobre su muerte, no obstante, es que falleció en alta mar, durante el viaje de regreso de Argelia a la península Ibérica.

La reconquista de Jerusalén y el restablecimiento de su reino, por tanto, no eran para Llull un objetivo último, una causa inmediata y bastante por sí misma; era una de las condiciones necesarias para expandir el cristianismo en oriente y lograr el culto universal a Dios Redentor. Tras los musulmanes, habría sido obligatorio convertir a los mongoles, etc, etc… Y tan convencido estaba Llull de la justeza y necesidad de esta causa, que entregó la vida entera a defenderla, sin importarle debatir en su propio terreno, y en tareas misioneras, con teólogos musulmanes y judíos —también conocía perfectamente la Ley Judaica y la fe de las Tribus de Israel—. Parte de esta ingente labor, de la creatividad incansable e incesante de uno de los mayores genios de la edad media, fue la redacción del Libro de la Orden de Caballería, para que no volviesen los monarcas y caballeros cristianos a cometer los mismos errores que condujeron a la pérdida de Jerusalén y San Juan de Acre. Y no sólo para recuperar aquellas plazas fundamentales para la fe cristiana, sino para expandir la Doctrina hasta el último rincón del mundo conocido.

Por supuesto, ningún rey de la tierra le hizo caso. Tal vez Jaime II de Aragón prestó oídos a aquellos planes descritos en la documentación de Rex Bellator, poniendo modestos medios para iniciar la gigantesca empresa. Pero los resultados no fueron buenos y, además, esa es otra historia.

Te puede interesar

Lo más visto

Newsletter