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¿Debatir con progres?

General 02 de junio de 2020 Antonio Moreno Antonio Moreno
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La campaña electoral de Trump en 2016 marcó un antes y un después sobre la “política convencional”: Por un lado, irrumpió definitivamente el poder de las redes sociales y por otro lado, muchos activistas y pensadores demostraron que no hay que perder el tiempo debatiendo con quien en verdad no quiere debatir, y es mejor invertir ese tiempo proactivamente, trasmitiendo mensajes afirmativos. 

Con respecto al primer factor, tanto las redes sociales como los medios locales (radios, televisiones o periódicos de pequeño alcance) jugaron un papel importantísimo, pero es algo muy especial de Estados Unidos que no puede extenderse a otros países, pues en el país de las barras y las estrellas nunca dejó de existir esa vitalidad periodística a pesar de los grandes medios de comunicación que pretendieran engullirlo todo bajo su omnisciente mensaje izquierdista. En España, por ejemplo, muchos medios locales han desaparecido, siendo que a día de hoy la sucursal chavista que (des)gobierna mediante Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ha endosado quince millones de euros del erario público a dos oligopolios (Atresmedia y Mediaset) que controlan los medios mayoritarios del país. 

Con todo, la campaña de Trump ya fue demostrándole a la izquierda que había perdido la supuesta primacía ideológica cuya poltrona radicaría en mayo del 68. Pero han pasado muchos años y el mal está muy enquistado. Pensemos que pocos años después de aquellos años 60 del pasado siglo XX tomados por los “hippies”, Alexander Solzhenitsyn, aquel físico, matemático e historiador ruso que padeció los campos de concentración soviéticos y vivió para contarlo, advirtió en su célebre discurso en la universidad de Harvard a Occidente de los males que se le vendrían encima si el comunismo se infiltraba en sus sociedades. Han pasado varias décadas hasta que por fin se ha comprendido la magnitud del problema. Por eso la campaña de Trump marca un antes y un después frente a un conglomerado progre que se creía imbatible e irrebatible. 

Con respecto al segundo factor, el “debatir con progres” se vuelve un oxímoron, porque en verdad, el progre no quiere debatir. Podemos decir que datos matan relatos, y al progre no le convienen los datos, sino los relatos. Todo el progresismo es una narrativa. Si bien el marxismo clásico tenía pretensiones cientificistas, la nueva izquierda, en su mezcla con el psicoanálisis y otras indigestiones, lo maneja todo a través del “sentimentalismo”. Y ante el “sentimiento”, poco debate puede haber. Sería como si pusiéramos a dos hinchas a ser objetivos con respecto a sus equipos en un partido de máxima tensión… Y así, la dialéctica marxista se reinventa extendiendo la lucha de clases a la lucha de sexos, la lucha de razas, la lucha entre padres, hijos y hermanos… Creando siempre división y estrés allá donde no lo hay; tomando la idea de “revolución permanente y universal” de Trotsky para los antojos ideológicos como si fueran ganchos publicitarios. A esta nueva izquierda no le importa que el Che Guevara creara campos de concentración para homosexuales en la península de Guanahacabibes y lo convierte en icono del orgullo gay, transformando la objetividad histórica según las rabietas de sus caprichos e intentándolo imponer a nivel totalitario. 

Por ello, muchos activistas pro-Trump entendieron esta posición y en lugar de perder el tiempo, se dedicaron a desenmascarar sus contradicciones e incoherencias, haciendo que el estadounidense medio tuviera acceso directo al cinismo y a la mentira de estos movimientos liberticidas y se diera cuenta, en un momento crucial de su historia, qué se estaba jugando. 

Y es que el progre es un estafador ideológico, y no se le exige debate o coherencia a un estafador. Hemos errado muchas veces en los términos y hemos perdido un tiempo precioso en el cual la izquierda no ha dejado de moverse, padeciendo los resultados. No obstante, no todo está perdido y aun quedando mucho por hacer, queda un trabajo ilusionante hacia el futuro de patriotas frente a globalistas. 

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