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Exageraciones y deformaciones sobre la diversidad de España

Opinión 26 de mayo de 2020 Antonio Moreno Antonio Moreno
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El siglo XIX fue el siglo de las construcciones de los estados nacionales a través de procesos revolucionarios y, por ende, traumáticos y violentos. Tenemos los casos paradigmáticos de Italia y Alemania, estados que armaron toda una “ideología nacional” que justificase la unidad política. Sin embargo, España, que en teoría lo tenía más fácil, fue por el camino contrario, y desde el siglo XIX, y especialmente al alimón del romanticismo, comenzaron a surgir mitos para desunir, y aprovechando que la Leyenda Negra ya venía de lejos tan propios como por extraños, lo demás vino por añadidura.

Es en el siglo XIX donde se fraguan mitos que a día de hoy se utilizan contra la unidad de España, tales como el celtismo y el “arabismo”: El celtismo del norte frente al “arabismo” del sur; como si celtas sólo hubiera habido en el norte y musulmanes sólo en el sur… Y así, a principios del siglo XXI, todos los pseudorromanticismos habidos y por haber no sirven sino para sembrar odio entre lo que está unido, por eso los separatismos antiespañoles siempre han tenido que ser tan violentos, porque estamos hablando de artificialidad. Y así las cosas, en 1978 se abrió la caja de Pandora y a los mitos divisorios se fueron añadiendo tirios y troyanos, siendo que a día de hoy, rara es la “autonomía” (o “autonosuya”, recordando al escritor Fernando Vizcaíno Casas) que no haya hecho un mito nacional contra España. 

Y es que los españoles pensamos que somos los más diversos del mundo entre nosotros mientras que el resto del mundo vive en la pura homogeneidad, cuando ni por asomo es así. En el siglo XX, Miguel de Unamuno (quien gustaba de definirse “vasco, y por ello, doblemente español”) ya se dio cuenta de este exabrupto y defendió que en España hay mayor homogeneidad que en otras naciones. 

Ello no quiere decir que quien escribe estas líneas sea partidario de un rabioso “centralismo”; sino que uno lee las novelas de Blasco Ibáñez sobre la Valencia profunda (“Cañas y barro”, “Arroz y tartana”, “Entre naranjos”, etc.) y no puede evitar acordarse de los arrozales y las vegas del Guadalquivir; así como uno lee a Josep Pla describir los paisajes y las anécdotas de los pescadores de su tierra catalana en “El cuaderno gris” y no deja de recordarme mucho a paisaje marítimo y piñonero que siempre he visto por Punta Umbría y alrededores. La literatura puede darnos muchas claves a través de nuestro genio común. Y también podría pasar con el folclore, que lejos de lo que muchos piensan, tiene grandes lazos de unidad; ¿o es que la flauta rociera, el txistu vasco, la flauta herreña y la flauta y el tamboril tan típico de Salamanca y León no tienen conexión? ¿No tiene conexión la alboka vasca con la gaita serrana tan típica de Extremadura y Madrid y la gaita gastoreña de la serranía gaditana? ¿Acaso no hay jotas desde Navarra a Tarifa? ¿Y seguidillas? Las sevillanas, por ejemplo, no se explican sin el fuerte influjo de las seguidillas manchegas y del fandango antiguo; fandango que ya el Diccionario de Autoridades de 1732 recoge como un baile muy alegre que han traído los que han estado en las Indias, y que está extendido por toda la Península e islas adyacentes, y no digamos a lo largo y ancho de la América Hispana. Incluso el flamenco, que sin ser folclore propiamente dicho y que partidarios y detractores utilizan como hecho diferencial, no se explica sin su toque barroco y acriollado, ¿pues es que puede entenderse el flamenco sin ese fandango antiguo, a la par que sin canarios, jácaras, folías, romanescas, chaconas, zarabandas…? Hoy sabemos que la petenera entró por México, como a Cuba le debemos la rumba y la guajira flamenca, y muy probablemente los tangos flamencos; así como a Argentina le debemos la vidalita y la milonga, y el cantaor Pepe Marchena creó la colombiana flamenca mezclando los aires del zortzico vasco y del corrido mexicano. 

En cuanto a la diversidad lingüística, ¿es que hay algún país no sólo ya de Europa, sino del resto del mundo, que no la tenga, exceptuando Liechtenstein y alguno que otro más? ¿Acaso nuestros romances son tan distintos? ¿Acaso el castellano no es el romance más vascón, siendo que el vascuence, lengua más antigua de la Península, también tiene préstamos latinos y romances?

Bueno, ¿y acaso la Reconquista no es un proceso histórico en el que del noroeste al nordeste de la Península se convierte en un refugio para muchos cristianos de la Meseta y el sur? ¿Acaso no hay repoblación a los años de norte a sur? En mi pueblo, Bollullos de la Mitación, a 16 kilómetros de la ciudad de Sevilla y también muy cerca de la provincia de Huelva, hasta la postguerra llegaron castellanos y gallegos. Y no se conoce que hubiera “problemas de integración”. 

¿Por qué esa fijación con y contra nosotros mismos?

La respuesta está en que no nos conocemos y nos regimos por criterios que nos son ajenos, viéndonos con las anteojeras románticas de extranjeros que se enteraron de poco. Y ya está bien de mirarnos con ojos extraños y equivocados, cuando nuestra historia e idiosincrasia nos habla verdades que nos hacen libres. ¡Volvamos ya a nuestra conciencia y recobraremos nuestro potencial!

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